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Espartaco y la Tercera Guerra Servil.Ejércitos enfrentados: El ejército rebelde (VIII)

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Según nuestras fuentes, en un período de dos años el ejército de esclavos ganó al menos nueve batallas campales y saqueó al menos cuatro ciudades importantes. De hecho, muchos de los primeros esclavos alzados, como lo fue  Espartaco, pudieron haber tenido con anterioridad experiencia militar en los ejércitos de Roma, en las fuerzas de los reyes helenísticos, o luchado como efectivos de los numerosísimos guerreros tribales más allá del limes romano.
Los romanos concedían sabiamente una gran importancia a la instrucción militar profesional, y esto explica en gran parte el éxito formidable de su ejército. Cicerón ya hablaba de que el valor sin instrucción convertía al guerrero romano en  un “activo” desperdiciado.
El objetivo básico de esta capacitación fue dar a las legiones una superioridad clave sobre el “guerrero bárbaro” en la batalla. En esta labor, la batalla campal la legión romana realizaba una labor muy buena. Pese a ello Espartaco no fue un bárbaro cualquiera y su ejército una vulgar horda.
Las fuentes nos recuerdan constantemente que la gran diversidad étnica y cultural de las fuerzas rebeldes llevaba intrínseca una grave debilidad. Sin embargo, este cuerpo heterogéneo de hombres recién liberados de la esclavitud se convirtió en una fuerza de combate sorprendentemente eficaz que demostró en repetidas ocasiones que sus miembros podrían enfrentarse a las disciplinadas legiones de Roma. Espartaco en un principio, a diferencia de Aníbal  no tenía caballería, (y menos aún artillería o flota) pero consiguió hacerse, con el paso del tiempo con unas aceptables unidades de caballería capturando y adiestrando a los caballos que iba consiguiendo en su avance. Sea como sea su fuerza era eminentemente de infantería, (igual que la de romana). Gracias a las seculares virtudes militares de la determinación, la perseverancia, el ingenio, la audacia y el coraje en carnadas todas ellas en Espartaco, éste pudo mantener a su variopinto ejército aglutinado, sobre todo en las jóvenes etapas de la revuelta, evitando de esta guisa ser aplastado.
Naturalmente se podría argumentar que en una masa multiétnica, el idioma como mínimo sería un problema. Sin embargo, en el fondo es ingenuo suponer tal argumento, ya que pasa por alto el hecho de que entre los esclavos y sus amos romanos debió de haber algún tipo de inteligencia. Se debieron de establecer formas básicas de comunicación para que el trabajo fuera llevado a cabo. Con el paso del tiempo el esclavo recién adquirido aprendería el latín, al menos en un grado básico. Por otra parte, en las sociedades esclavistas de la Edad Moderna e incluso Contemporánea se demostró que las barreras lingüísticas entre los esclavos era un problema que podía ser superado, (lenguas criollas), en consecuencia lo mismo se puede presumir para el ejército de Espartaco, donde la lengua franca era probablemente una forma degradada del latín.
Los seguidores de Espartaco fueron principalmente galos, germanos u otros tracios, (Salustio Historiae 3.96. Plutarco. Crassus  8.1, 9.5 y 6. Livio. Periochae 97). Se ha sugerido que los galos y los germanos, junto con los tracios provenían todos ellos del área balcánica. Carne humana traída merced a las victoriosas compañas romanas. Sin embargo, no debemos pasar por alto el comercio de esclavos a Italia de la propia Galia. Este comercio humano fue posible merced a las principales redes de comercio de esclavos, (desde el norte de Europa, las tierras del norte y este del Rin, y las tierras de la cuenca alta del Danubio). Dichas rutas llegaban al Mediterráneo occidental, por el Ródano hasta Arelate, (Arles) Massilia, (Marsella) y otros puertos marítimos de la Galia Transalpina. Obviamente estos esclavos eran principalmente galos y germanos, pero otros provenían de la región norte del Bajo Danubio y el Mar Negro. En la Europa Oriental la principal ruta de comercio de esclavos recorrió Tracia hasta los puertos marítimos de la costa norte del mar Egeo. El hecho de que Tracia fue una encrucijada importante en este tráfico de seres humanos sí que conllevó una facilidad añadida a la hora de desplazar a los cautivos tracios a diversas áreas del Mediterráneo. Es conocido que el número de tracios entre los seguidores de Espartaco era significativo.
Al igual que las dos primeras guerras serviles la mayoría de los esclavos que se unieron a la rebelión, cualquiera que fuese su origen étnico, eran simples jornaleros y pastores agrícolas. Los esclavos agrícolas cultivan cereales, vides, olivos y otros cultivos arbóreos, gentes que trabajaban bajo la estrecha supervisión de los capataces agrícolas. De acuerdo con los manuales de agricultura romana, como ya hemos comentado, el ideal era que los esclavos se desplegasen en cuadrillas de trabajo de 13 a 16 personas. Por una mera cuestión de control y seguridad. Durante la noche, o en momentos que no estaban laborando en los campos, los esclavos eran encadenados y encerrados en cuartos llamados “ergastŭlumo barracas de esclavos. Trabajaban como animales, y vivían hacinados como animales. Aunque en muchas “insulae” los libres de las ciudades también vivían en un estado lamentable.
Las extensiones abiertas del sur de Italia y Sicilia eran más áridas, así que no se podía mantener fácilmente una agricultura orientada al mercado basado en los rentables y extensos “monocultivos”. Por consiguiente, en estas regiones los propietarios de esclavos desarrollaron un tipo diferente de actividades agropecuarias que mezclaba el cultivo de granos con la cría de numerosos rebaños. Bajo el cuidado de los pastores esclavos esos rebaños pasaban el verano en la montaña y el invierno en las llanuras. Obviamente estos esclavos no podían ser limitados con cadenas, o alojados en los “ergastŭlum” cada noche. Tenían que ser libres para seguir los rebaños. Además, tenían que estar armados para proteger a los animales de los depredadores, tanto los de cuatro patas como los de dos.
 En Sicilia, ya antes del inicio de la Primera Guerra Servil los terratenientes romanos animaron muy conscientemente a sus pastores esclavos a practicar el bandolerismo con la propiedad ajena para librar a sus economías de parte del costo del mantenimiento de sus negocios. Allanamientos de morada, hurtos, robos y violencias se convirtieron en moneda corriente en esta áspera isla. Los habitantes indefensos de aldeas y fincas sicilianos se convirtieron en el blanco de actos generalizados de tropelías de toda naturaleza. En consecuencia, Sicilia fue reducida a una isla infestada de bandas de pastores bandidos que merodeaban a su antojo por toda la tierra, Diodoro los definió “como destacamentos de soldados”, (Diodoro 35.2.1). A pesar de las denuncias, los gobernadores romanos dudaron en hacer cumplir la ley ante el hecho de que muchos de los propietarios de estos pastores-esclavos eran figuras prominentes, poseedores de un poder más que considerable. Tenemos pues un factor más a añadir a la lista de responsabilidades por parte del Sistema romano en lo que se refiere al inicio de estas guerras serviles.
La avaricia siempre ha sido destructiva, se trata de algo profundamente egoísta y antisocial, tanto en el siglo I antes de Cristo como en el XXI.
En el año 71 antes de Cristo, fecha en la que la revuelta espartana fue sofocada Cicerón pronunció un discurso póstumo; el Pro Tulio, del cual sólo conservamos fragmentos. No obstante su interés para nosotros es considerable, puesto que Cicerón nos introduce en la salvaje campiña lucana. Aquí hay descripciones relativas a las nutridas manadas, los propietarios y sus esclavos. También trata dicha obra las violencias de las revueltas esclavas. Un conocido de Cicerón de nombre Marco Tulio tenía su casa en la región de Thurii, esta propiedad y sus esclavos acabaron destruidos por una banda armada perteneciente a un tal Publius Fabius.  Sirvan estas descripciones para hacerse una idea de las atrocidades que eran capaces los esclavos sicilianos.
Las dos principales ventajas o activos de estos pastores-esclavos eran su libertad de circulación y la posesión de armas. De las declaraciones de Varrón sobre aquellos pastores en el manual agrícola que publicó en el año 37 antes de Cristo, (ya cerca del final de su larga y prolífica vida) se extraen varios datos. En primer lugar los ganaderos que pastaban el ganado durante períodos prolongados tenían que ser físicamente maduros, los adolescentes eran de poca utilidad para este tipo de trabajo. Hablamos de hombres enérgicos, habituados a las inclemencias del tiempo, el abrupto y en ocasiones traicionero terreno, a las bestias salvajes y a otros hombres hostiles. Se trataba de individuos ágiles, fuertes y con una fuerte adaptación de adaptación.
El potentado Varrón poseía tierra y grandes cantidades de ganado vacuno en ambos extremos de la ruta trashumante Samnio-Apulia. Pues bien, este rico romano opinaba que los íberos no eran los mejores esclavos para las labores ganaderas, prefería mucho más a los galos, (Agricultura. 2.10.4). Este dato tuvo su importancia a la hora de reclutar Espartaco un considerable número de hombres del norte, siempre esforzados y terribles en la lucha.
Así eran estos hombres, personas que aunque esclavas estaban acostumbradas a amplias cotas de libertad y al poder real de usar armas primitivas, sólo eran responsables ante el jefe de grupo, (pecoris magister). Así que a estos pastores-esclavos acostumbrados a confiar en su propio ingenio y recursos en pos de sus obligaciones y supervivencia no les costó mucho unirse a Espartaco. Varrón menciona que el “magister pecoris” era un hombre físicamente fuerte, pero más viejo que el resto, aunque también más experimentado, (Agricultura. 2.10.2).
Pero hemos de añadir algo más.  
Catón mencionó en su tratado de agricultura a un tipo diferente de figura con capacidad de mando, el “vilicus”.  Éstos también eran esclavos, aunque ejercían funciones administrativo-policiales sobre un amplio grupo de esclavos. También solía tener un cierto poder sobre la propiedad de su señor, organizando las finanzas diarias de la granja, la compraventa de materiales, supervisaba el plan anual de trabajo y establecía los detalles de las labores y distribuía la fuerza de trabajo, (Agricultura. 5.1-5). El “vilicus” se podría comparar con el “pecoris magister” puesto que su capacidad de gestión y conocimientos técnicos necesarios para administrar las granjas y haciendas explotadas por mano de obra esclava les capacitaba para el mando. No es de sorprender, puesto que ya tenían experiencia en el control y dirección del trabajo esclavo y conocía muy bien a este tipo de personas. Naturalmente Espartaco también hizo buen uso de estos cuadros, eran personas preparadas para el mando.
         No obstante el núcleo de la rebelión no la formaron ni los “magistri pecoris”, ni los “vilici”, sino hombres que fueron entrenados para aplicar la violencia con técnica refinada, no como soldados, sino como gladiadores. Hombres de espada en mano, hombres de carácter de acero, hombres disciplinados y que sonreían a la muerte. Fue con esta materia prima con la que Espartaco fue capaz de transformar lo que en esencia fue una banda de bandidos aficionados, (entre estos últimos había muchos que buscaban una oportunidad única para realizar incursiones y saqueos) en un ejército operativo.
En un principio las armas de las que dispusieron los sublevados fueron tomadas como botín, compradas o fabricadas con diversa fortuna. Muchos únicamente estaban armados con hoces, horcas, rastrillos, martillos, hachas, y otros utensilios agrícolas que pudieran ser usados en calidad de armas de fortuna. Estas armas improvisadas eran tanto para la defensa como para ataque, naturalmente en su condición inicial la rebelión no estaba en condiciones de despreciar ningún apaño o solución, por muy poco atractiva que esta pudiera parecer.
Gayo Salustio Crispo, (Gaius Sallustius Crispu) en su Historiae, (3.102-103) nos habla de que los esclavos especializados en el trabajo de la cestería y el cuero ayudaron a suplir la falta de armaduras. Crearon escudos y blindajes corporales. Para aquellos que desconozcan el equipo militar de la Edad Antigua decir que el cuero tratado correctamente tiene una capacidad de detención formidable, se trata de un material no muy pesado y muy resistente. Frontino en su Strategemata, (1.7.6) nos proporciona más detalles, diciendo que muchos escudos fueron construidos con ramas de vid y luego cubiertos con pieles de animales. Floro en su Epitome,  (3.20.6) comenta los mismos detalles en relación a los “escudos ásperos”, como él los llama, pero añade que las espadas y puntas de lanza fueron, irónicamente, forjados por herreros que hicieron uso de sus anteriores grilletes y pernos procedentes de las celdas ergastŭlum. No obstante, Salustio en un fragmento referente a la campaña contra Varinius, asevera que los rebeldes necesitaron echar mano a puntas de lanza de madera endurecidas al fuego para poder armar a todos sus efectivos, (Historiae. 3.96). Los detalles exactos pueden variar, pero la información básica es la misma, en un principio los rebeldes tuvieron que equiparse con armas improvisadas.
Los pastores que se unieron a Espartaco estaban, como era de esperar mejor equipados. Estos hombres eran fuertes y poseían una constitución resistente. Estaban acostumbrados a pernoctar en la intemperie, sin importar las inclemencias del clima, las bestias salvajes y los ataques fortuitos. Disponían de lanzas de caza, armas cortas parecidas a los machetes de monte, garrotes nervudos y hondas. Su vestimenta consistía en pieles de lobos o jabalí. Además muchos estaban acompañados por perros guardianes, animales de gran tamaño y sobrada ferocidad. Tales hombres, seres rudos y de piel bronceada por los innumerables días de sol poco tenían poco que perder y mucho que ganar embarcándose en una revuelta y, como dice Plutarco, algunos de ellos, especialmente los que tenían piernas resistentes fueron realmente útiles como exploradores e infantería ligera, (Crassus. 9.3).
Según Apiano, (Bellum Civilia.1.116) Espartaco tenía armas hechas de una calidad u otra para aquellos que se habían pasado a sus filas… según sus cálculos, una fuerza de 70.000 tras la derrota de Varinius. Ciertamente se trató de un importante esfuerzo logístico. Los revoltosos fueron inteligentes, no causaron daño alguno a los artesanos del metal ni a los comerciantes que trabajaban con metales, esto facilitó el acceso a las armas y  a la materia prima. Naturalmente el equipo militar más efectivo y resistente fue el capturado a los ejércitos romanos a los que derrotaron. Este material se entregó a los hombres más duchos en el arte de la guerra.
Por último, debemos hablar del papel de la mujer en el ejército de esclavos.
En la serie Espartaco  aparece un ejército multirracial bien surtido de mujeres aullantes de cuyas bocas brotan toda clase de epítetos picantes. Esta estética tiene más que ver con la naturaleza de la política predominante en lo que concierne a la realización de los guiones, (curiosamente se repiten una serie de pautas básicas en toda clase de películas y series de casi todo Occidente) que con  el deseo de plasmar la verdad histórica.
Cuando Appiano registró que los rebeldes sumaron en un momento dado unos  unas 70.000 almas, se puede deducir que esta abultada cifra suma a un importantísimo número de no combatientes. Antes del inicio de la rebelión, muchos esclavos varones debieron de mantener relaciones con mujeres esclavas, esposas que estaban dispuestas a seguir a sus hombres a la aventura. Cuando Espartaco fue vendido como esclavo con él iba una mujer, tracia como él. Esta esclava le acompañó al “ludus” y en la posterior revuelta. Si hacemos caso a Plutarco esta tracia era una profetisa, (¿una bruja?) iniciada en los cultos esotéricos dionisiacos. Pero por desgracia no sabemos mucho más de ella, y sabemos esto porque Plutarco consideró conveniente comentarlo en sus crónicas, puesto que al parecer la esclava interpretó un sueño de Espartaco en el que éste, mientras dormía, una serpiente se le enrollaba en el cuello sin hacerle daño alguno. Hay que añadir que la serpiente es un animal muy importante en la religión tracia.
Plutarco nos dejó otro comentario relativo a las mujeres. Al parecer, en una ocasión en la que una partida romana se acercó sigilosamente a un campamento rebelde, (hombres al mando de Gannicus y Castus) fueron vistos por dos mujeres. Éstas habrían salido del campamento para ir a una colina cercana para realizar unos “sacrificios rituales”.  Salustio registra el mismo incidente, pero afirma que las dos mujeres galas deseaban ir a la colina para algo relacionado con su etapa menstrual, (Historiae. 4.40).
Sea como sea en el ejército de Espartaco jamás hubo algo parecido a una legión de belicosas chillonas prefeministas de modales prehistóricos.

Espartaco y la Tercera Guerra Servil.Comandantes enfrentados.Marco Licinio Craso (VII)

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Cuando se le asignó la tarea de sofocar la revuelta esclava Marco Licinio Craso, (Marcus Licinius Crassus) ya atesoraba una importante experiencia militar, así que las funciones del mando no le eran desconocidas. Al igual que Pompeyo, el joven Craso se había unido a Lucio Cornelio Sila, (Lucius Cornelius Sulla Felix) durante su segunda marcha sobre Roma. Pero a  diferencia de Pompeyo, Craso tenía una enemistad personal con la facción de Mario. Su padre se había pasado a la oposición de Cayo Mario durante su séptimo consulado manchado de sangre. Acabó asesinado junto a su otro hijo Lucio, hermano mayor de Craso. Las propiedades de la familia fueron confiscadas. Sin embargo, en el momento de la rebelión Craso, se había convertido a sus cuarenta años en uno de los hombres más ricos de Roma, y supuestamente el propietario más importante de la capital.
Craso sentó las bases de su monstruosa fortuna en la época de terror impuesto por Lucio Cornelio Sila, la compra de bienes confiscados a los proscritos a precios bajísimos y su posterior reventa tuvo mucho que ver en ello. Se había hecho con una hinchada cantidad de propiedades amortizadas o quemadas producto de las luchas civiles por casi nada, y tras reconstruirlas con su personal fuerza de trabajo esclavo, la cual ya había sido formada profesionalmente en todo lo relativo a la construcción y mantenimiento de edificios, (Plutarco. Crassus 2.3-4) solo le quedaba acumular los beneficios. Sin embargo, Craso no deseaba esa abultadísima riqueza para tener una vida repleta de excesos y abotargamiento, si no para conseguir poder, y con este aumentar el prestigio de su familia nuclear y extensa y poner en práctica sus proyectos políticos. Dicho esto decir que Craso jamás fue un pobre de pedir, partió de una base mínimamente acolchada. Y sin embargo, como cualquier hombre de negocios astuto, hizo todo lo posible para aumentar su fortuna personal por todo tipo de inversiones y negocios, muchos de ellos turbios, (prostitución, el juego, malversación de fondos públicos, etc). Siempre fue un genial anfitrión, (pese a que el aspecto adusto de sus esculturas haga sospechar lo contrario) y un generoso dispensador de préstamos. Su dinero le permitió acumular una gran influencia. La mitad del Senado estaba en deuda con él, y una deuda contraída con Craso siempre venía acompañada con un pesado interés político.
Ha llegado hasta nuestros días que Craso se jactaba que podía costearse una legión entera, (Plinio. Historia Naturalis.33.134). El coste de una unidad de este tipo es fácilmente determinable. En el año 52 antes de Cristo el viejo rival de Craso; Pompeyo el Grande recibió del Estado 1.000 talentos para alimentar y mantener las necesidades varias de sus tropas, (Plutarco. Pompey. 55.7). Por aquel entonces las provincias bajo el control de Pompeyo eran Iberia y África. En dichas provincias habían estacionadas seis legiones, (ibid. 52.3 con Apiano Bellum civilia 2.24). Un talento equivalía a 6.000 dracmas griegos, esto es 6.000 denarios romanos o 24.000 sestercios. Así, seis legiones hubieran generado a las arcas romanas unos 6.000.0000 de denarios. El coste por unidad anual equivaldría a 4.000.000 de sestercios al año. Plinio afirmó que la fortuna de Craso estaría en torno a los 200.000.000 de sestercios. Si esto fue cierto el romano podía costearse una legión y todo un ejército.
Huyendo de los cazadores de recompensas a sueldo de los hombres de Cayo Mario, el joven Craso había dejado Roma y llegó a la Hispania Ulterior, donde el crédito cultivado anteriormente por su padre cuando fue procónsul resultó serle un activo inmensamente oportuno y beneficioso, a pesar de ser un fugitivo que había dado el inaudito paso de reclutar su propio ejército privado, (una fuerza de unos 2.500 clientes y dependientes). Con su pequeño ejército, tras muestrear y negociar a los líderes enemigos de Cayo Mario en Iberia  se puso a las órdenes Lucio Cornelio Sila y con él volvió a la península italiana.

Se destacó en la Batalla de Puerta Colina, (año 82 antes de Cristo). Las tropas samnitas, conducidos por Poncio Telesino atacaron al ejército de Sila sobre la muralla noreste de la Puerta Collina y tras una encarnizada batalla que duró toda la noche, Sila se alzó con la victoria finalizando de este modo con las ambiciones de los “socii” y con la Guerra Social y la Primera Guerra Civil de la República de Roma. En esta batalla, el joven Marco Licinio Craso ganó renombre gracias a la habilidad con la que combatió en una de las alas del ejército. Tras la victoria, todos los prisioneros fueron ejecutados cerca de la sede del Senado, con el fin de causar temor entre los senadores. Los cuerpos de los samnitas fueron arrojados al Tíber. Desgraciadamente su pecado dominante; la avaricia le hizo perder el favor del dictador poco después, cuando añadió a las listas de proscripción el nombre de un hombre cuya propiedad deseaba para sí. Lucio Cornelio Sila descubrió la jugada, y nunca confió más en Craso, (Plutarco. Crassus 6,6-7). Es posible que esta ruptura no fuera por una única razón, quizás ya hubo entre los dos hombres suspicacias y roces.
Ya cuando era fabulosamente rico, Marco Licinio Craso atesoraba una gran sed de gloria militar. Sin duda no deseaba ser recordado como un vulgar burgués. Él era un aristócrata y debía honrar a su familia y a sus antepasados. Esa era la mentalidad de un romano del siglo I antes de Cristo. Así que Craso no dudó en tomar el mando en la lucha contra Espartaco  cuando muchos otros senadores se mostraron reacios a hacerlo.
La razón por la cual aquellos prohombres rechazaron el honor de combatir al insurrecto fue triple. En primer lugar si la mala fortuna los posicionaba en el bando perdedor aquellos caballeros se verían sumidos en la vergüenza de ser derrotados por un “don nadie”, un esclavo.  Una derrota aniquiladora a manos de un ejército de esclavos habría hundido cualquier carrera política. La segunda razón es que la poca gloria que ganarían en derrotar a una masa de “chusma”, o al menos ese era el concepto que tenía la nobleza romana de Espartaco y los suyos no compensaban los riesgos. En tercer lugar el mero hecho de aceptar el trabajo ya implicaba una mancha en la dignidad cara a su casta, algo parecido a que un gran empresario de nuestra época se pusiese a regentar temporalmente un bazar.  
Es evidente que la percepción que tenía Craso del problema era bien distinta, como así sus oportunidades.

La primera medida de Craso fue aplicar una forma antigua y terrible de castigo con el objeto de enviar a sus hombres un mensaje claro; la “decimatio”. La “decimatio” fue uno de los máximos castigos aplicados en el ejército romano. La palabra proviene del concepto “diezmado de tropas”. El castigo consistía en aislar a la cohorte o cohortes seleccionadas de la legión amotinada y dividirla en grupos de 10 soldados. Dentro de cada grupo se echaba a suertes quién debía ser castigado, (independientemente de su rango dentro de la cohorte). El azar elegía a su víctima, la cual debía ser ejecutada por los 9 supervivientes restantes. La muerte venía de la mano de  la lapidación o por los incesantes golpes de vara. Los supervivientes, tras el castigo eran obligados a dormir fuera del campamento de su legión, hecho de gran peligro en época de guerra. Sobra decir que tamaña mancha sobre su dignidad individual y colectiva tardaba en borrarse. Supuestamente el castigo debía aleccionar a los soldados supervivientes y a las demás cohortes, pues la muerte llegaba aleatoriamente, a manos de los propios compañeros, sin tener en cuenta rangos ni méritos anteriores. Sin embargo, los más común es que la “decimatio” rompiera el espíritu de cuerpo y la unión entre compañeros de armas, (ejecutores por sorteo de sus propios hermanos de armas), minándose así la confianza en los comandantes de las legiones que ordenaban castigo tan cruel: el emperador bizantino Mauricio advertía contra los castigos arbitrarios en su obra sobre ciencia militar “Strategikon”, indicando que hacían más daño que beneficio a la moral de la tropa. Sea como sea para los romanos su práctica implicaba una medida muy excepcional que sólo se aplicaba en casos de extrema cobardía o amotinamiento. Craso seleccionó a 500 soldados que habían huido de la batalla en un combate contra Espartaco, y luego los dividió en 50 grupos de 10. Cada grupo de 10 tenía que seleccionar a una víctima por sorteo entre ellos. Luego los 9 restantes fueron ordenados ejecutar la sentencia del desafortunado, mientras que el resto del ejército miraba, (Plutarco. Crassus 10.2-3, Apiano. Bellum Civilia 1.118). Por lo tanto el castigo acabó con la vida de 50 legionarios. Lo cierto es que se volvió a imponer la disciplina militar. Lo más probable es que Craso supiese que la lucha contra Espartaco no iba a ser tarea fácil, la “decimatio” fue la forma de “poner las pilas” a sus hombres de forma instantánea y radical.
Al ser derrotados, muchos de los legionarios habían dejado abandonadas sus armas en la huida. Este equipo pasó a los rebeldes, así pudieron estos aumentar su número. Según parece Craso financió la fabricación de nuevo equipo.

Craso llegó a ser acusado de seducir a una virgen vestal, pero la investigación sacó a la luz que las visitas nocturnas al pequeño templo de Vesta habían sido más por asuntos de negocios que fruto de la pasión. Al parecer, la dama en cuestión, (Licinia era su nombre) era dueña de una residencia lujosa en las afueras de Roma y Craso quería comprarla a un precio ventajoso. Plutarco escribió acerca del asunto varias cosas:

Fue su avaricia lo que le impidió corromper a la sacerdotisa… No abandonó a Licinia hasta que se hizo con la propiedad

(Crassus. 1.2).

La proverbial avaricia de Craso está tratada con generosidad desde el mismo comienzo de la biografía de Plutarco. Incluso entre sus contemporáneos la riqueza de Craso era proverbial, así como su deseo de adquirirla a cualquier medio. Se consideraba que la riqueza legítima debía ser obtenida por herencia y ampliada por los beneficios agropecuarios y el botín de guerra. Naturalmente había otras formas de ganar dinero, como la minería, la usura, el arrendamiento de impuestos, y el comercio, pero éstas vías se dejaban para los “equites”, esto es, los romanos cuya fortuna les permitía vivir holgadamente pero que se hallaban por debajo del orden senatorial, así que no tenían acceso a los más altos cargos políticos. Pero Craso, esto es lo que nos ha llegado, acumuló riqueza aprovechándose de la desgracia de los demás, (algo que no era nuevo y que no ha cambiado con el paso de los siglos). Plutarco nos dejó por escrito que las muchas virtudes de Craso quedaban oscurecidas por su avaricia crónica. El historiador romano Velleius Paterculus afirma en su obra Historiae Romanae que la ambición de Craso no conocía límites, lo mismo que su hambre de gloria. Sea como sea estas críticas a Craso no deja de recordarnos las pulsiones similares de nuestras castas empresariales y financieras del siglo XXI. Grupos de poder que anteponen sus ambiciones mezquinas al bienestar general.
¿Quién sabe? Quizás el deseo de gloria de Craso le hiciera un poco mejor a estos banqueros y especuladores financieros de nuestra época.
Ciertamente el espantoso fin de Craso tuvo mucho que ver con su desmedida ambición. Su cabeza malhumorada acabó seccionada y convertida en trofeo para un rey parto.
La rebelión esclava y la campaña parta fueron las dos empresas militares más importantes de la carrera de Craso. Los peligros de la ambición por la ambición se hacen más reveladores cuando el éxito de la primera condujo directamente a la catástrofe de la segunda en su desesperada lucha para mantener el ritmo de la fama de Pompeyo y César, ya que su sed de gloria lo llevó hacia la Batalla de Carras.