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Espartaco y la Tercera Guerra Servil.Comandantes enfrentados.Marco Licinio Craso (VII)

Posted by Arcana Mundi



Cuando se le asignó la tarea de sofocar la revuelta esclava Marco Licinio Craso, (Marcus Licinius Crassus) ya atesoraba una importante experiencia militar, así que las funciones del mando no le eran desconocidas. Al igual que Pompeyo, el joven Craso se había unido a Lucio Cornelio Sila, (Lucius Cornelius Sulla Felix) durante su segunda marcha sobre Roma. Pero a  diferencia de Pompeyo, Craso tenía una enemistad personal con la facción de Mario. Su padre se había pasado a la oposición de Cayo Mario durante su séptimo consulado manchado de sangre. Acabó asesinado junto a su otro hijo Lucio, hermano mayor de Craso. Las propiedades de la familia fueron confiscadas. Sin embargo, en el momento de la rebelión Craso, se había convertido a sus cuarenta años en uno de los hombres más ricos de Roma, y supuestamente el propietario más importante de la capital.
Craso sentó las bases de su monstruosa fortuna en la época de terror impuesto por Lucio Cornelio Sila, la compra de bienes confiscados a los proscritos a precios bajísimos y su posterior reventa tuvo mucho que ver en ello. Se había hecho con una hinchada cantidad de propiedades amortizadas o quemadas producto de las luchas civiles por casi nada, y tras reconstruirlas con su personal fuerza de trabajo esclavo, la cual ya había sido formada profesionalmente en todo lo relativo a la construcción y mantenimiento de edificios, (Plutarco. Crassus 2.3-4) solo le quedaba acumular los beneficios. Sin embargo, Craso no deseaba esa abultadísima riqueza para tener una vida repleta de excesos y abotargamiento, si no para conseguir poder, y con este aumentar el prestigio de su familia nuclear y extensa y poner en práctica sus proyectos políticos. Dicho esto decir que Craso jamás fue un pobre de pedir, partió de una base mínimamente acolchada. Y sin embargo, como cualquier hombre de negocios astuto, hizo todo lo posible para aumentar su fortuna personal por todo tipo de inversiones y negocios, muchos de ellos turbios, (prostitución, el juego, malversación de fondos públicos, etc). Siempre fue un genial anfitrión, (pese a que el aspecto adusto de sus esculturas haga sospechar lo contrario) y un generoso dispensador de préstamos. Su dinero le permitió acumular una gran influencia. La mitad del Senado estaba en deuda con él, y una deuda contraída con Craso siempre venía acompañada con un pesado interés político.
Ha llegado hasta nuestros días que Craso se jactaba que podía costearse una legión entera, (Plinio. Historia Naturalis.33.134). El coste de una unidad de este tipo es fácilmente determinable. En el año 52 antes de Cristo el viejo rival de Craso; Pompeyo el Grande recibió del Estado 1.000 talentos para alimentar y mantener las necesidades varias de sus tropas, (Plutarco. Pompey. 55.7). Por aquel entonces las provincias bajo el control de Pompeyo eran Iberia y África. En dichas provincias habían estacionadas seis legiones, (ibid. 52.3 con Apiano Bellum civilia 2.24). Un talento equivalía a 6.000 dracmas griegos, esto es 6.000 denarios romanos o 24.000 sestercios. Así, seis legiones hubieran generado a las arcas romanas unos 6.000.0000 de denarios. El coste por unidad anual equivaldría a 4.000.000 de sestercios al año. Plinio afirmó que la fortuna de Craso estaría en torno a los 200.000.000 de sestercios. Si esto fue cierto el romano podía costearse una legión y todo un ejército.
Huyendo de los cazadores de recompensas a sueldo de los hombres de Cayo Mario, el joven Craso había dejado Roma y llegó a la Hispania Ulterior, donde el crédito cultivado anteriormente por su padre cuando fue procónsul resultó serle un activo inmensamente oportuno y beneficioso, a pesar de ser un fugitivo que había dado el inaudito paso de reclutar su propio ejército privado, (una fuerza de unos 2.500 clientes y dependientes). Con su pequeño ejército, tras muestrear y negociar a los líderes enemigos de Cayo Mario en Iberia  se puso a las órdenes Lucio Cornelio Sila y con él volvió a la península italiana.

Se destacó en la Batalla de Puerta Colina, (año 82 antes de Cristo). Las tropas samnitas, conducidos por Poncio Telesino atacaron al ejército de Sila sobre la muralla noreste de la Puerta Collina y tras una encarnizada batalla que duró toda la noche, Sila se alzó con la victoria finalizando de este modo con las ambiciones de los “socii” y con la Guerra Social y la Primera Guerra Civil de la República de Roma. En esta batalla, el joven Marco Licinio Craso ganó renombre gracias a la habilidad con la que combatió en una de las alas del ejército. Tras la victoria, todos los prisioneros fueron ejecutados cerca de la sede del Senado, con el fin de causar temor entre los senadores. Los cuerpos de los samnitas fueron arrojados al Tíber. Desgraciadamente su pecado dominante; la avaricia le hizo perder el favor del dictador poco después, cuando añadió a las listas de proscripción el nombre de un hombre cuya propiedad deseaba para sí. Lucio Cornelio Sila descubrió la jugada, y nunca confió más en Craso, (Plutarco. Crassus 6,6-7). Es posible que esta ruptura no fuera por una única razón, quizás ya hubo entre los dos hombres suspicacias y roces.
Ya cuando era fabulosamente rico, Marco Licinio Craso atesoraba una gran sed de gloria militar. Sin duda no deseaba ser recordado como un vulgar burgués. Él era un aristócrata y debía honrar a su familia y a sus antepasados. Esa era la mentalidad de un romano del siglo I antes de Cristo. Así que Craso no dudó en tomar el mando en la lucha contra Espartaco  cuando muchos otros senadores se mostraron reacios a hacerlo.
La razón por la cual aquellos prohombres rechazaron el honor de combatir al insurrecto fue triple. En primer lugar si la mala fortuna los posicionaba en el bando perdedor aquellos caballeros se verían sumidos en la vergüenza de ser derrotados por un “don nadie”, un esclavo.  Una derrota aniquiladora a manos de un ejército de esclavos habría hundido cualquier carrera política. La segunda razón es que la poca gloria que ganarían en derrotar a una masa de “chusma”, o al menos ese era el concepto que tenía la nobleza romana de Espartaco y los suyos no compensaban los riesgos. En tercer lugar el mero hecho de aceptar el trabajo ya implicaba una mancha en la dignidad cara a su casta, algo parecido a que un gran empresario de nuestra época se pusiese a regentar temporalmente un bazar.  
Es evidente que la percepción que tenía Craso del problema era bien distinta, como así sus oportunidades.

La primera medida de Craso fue aplicar una forma antigua y terrible de castigo con el objeto de enviar a sus hombres un mensaje claro; la “decimatio”. La “decimatio” fue uno de los máximos castigos aplicados en el ejército romano. La palabra proviene del concepto “diezmado de tropas”. El castigo consistía en aislar a la cohorte o cohortes seleccionadas de la legión amotinada y dividirla en grupos de 10 soldados. Dentro de cada grupo se echaba a suertes quién debía ser castigado, (independientemente de su rango dentro de la cohorte). El azar elegía a su víctima, la cual debía ser ejecutada por los 9 supervivientes restantes. La muerte venía de la mano de  la lapidación o por los incesantes golpes de vara. Los supervivientes, tras el castigo eran obligados a dormir fuera del campamento de su legión, hecho de gran peligro en época de guerra. Sobra decir que tamaña mancha sobre su dignidad individual y colectiva tardaba en borrarse. Supuestamente el castigo debía aleccionar a los soldados supervivientes y a las demás cohortes, pues la muerte llegaba aleatoriamente, a manos de los propios compañeros, sin tener en cuenta rangos ni méritos anteriores. Sin embargo, los más común es que la “decimatio” rompiera el espíritu de cuerpo y la unión entre compañeros de armas, (ejecutores por sorteo de sus propios hermanos de armas), minándose así la confianza en los comandantes de las legiones que ordenaban castigo tan cruel: el emperador bizantino Mauricio advertía contra los castigos arbitrarios en su obra sobre ciencia militar “Strategikon”, indicando que hacían más daño que beneficio a la moral de la tropa. Sea como sea para los romanos su práctica implicaba una medida muy excepcional que sólo se aplicaba en casos de extrema cobardía o amotinamiento. Craso seleccionó a 500 soldados que habían huido de la batalla en un combate contra Espartaco, y luego los dividió en 50 grupos de 10. Cada grupo de 10 tenía que seleccionar a una víctima por sorteo entre ellos. Luego los 9 restantes fueron ordenados ejecutar la sentencia del desafortunado, mientras que el resto del ejército miraba, (Plutarco. Crassus 10.2-3, Apiano. Bellum Civilia 1.118). Por lo tanto el castigo acabó con la vida de 50 legionarios. Lo cierto es que se volvió a imponer la disciplina militar. Lo más probable es que Craso supiese que la lucha contra Espartaco no iba a ser tarea fácil, la “decimatio” fue la forma de “poner las pilas” a sus hombres de forma instantánea y radical.
Al ser derrotados, muchos de los legionarios habían dejado abandonadas sus armas en la huida. Este equipo pasó a los rebeldes, así pudieron estos aumentar su número. Según parece Craso financió la fabricación de nuevo equipo.

Craso llegó a ser acusado de seducir a una virgen vestal, pero la investigación sacó a la luz que las visitas nocturnas al pequeño templo de Vesta habían sido más por asuntos de negocios que fruto de la pasión. Al parecer, la dama en cuestión, (Licinia era su nombre) era dueña de una residencia lujosa en las afueras de Roma y Craso quería comprarla a un precio ventajoso. Plutarco escribió acerca del asunto varias cosas:

Fue su avaricia lo que le impidió corromper a la sacerdotisa… No abandonó a Licinia hasta que se hizo con la propiedad

(Crassus. 1.2).

La proverbial avaricia de Craso está tratada con generosidad desde el mismo comienzo de la biografía de Plutarco. Incluso entre sus contemporáneos la riqueza de Craso era proverbial, así como su deseo de adquirirla a cualquier medio. Se consideraba que la riqueza legítima debía ser obtenida por herencia y ampliada por los beneficios agropecuarios y el botín de guerra. Naturalmente había otras formas de ganar dinero, como la minería, la usura, el arrendamiento de impuestos, y el comercio, pero éstas vías se dejaban para los “equites”, esto es, los romanos cuya fortuna les permitía vivir holgadamente pero que se hallaban por debajo del orden senatorial, así que no tenían acceso a los más altos cargos políticos. Pero Craso, esto es lo que nos ha llegado, acumuló riqueza aprovechándose de la desgracia de los demás, (algo que no era nuevo y que no ha cambiado con el paso de los siglos). Plutarco nos dejó por escrito que las muchas virtudes de Craso quedaban oscurecidas por su avaricia crónica. El historiador romano Velleius Paterculus afirma en su obra Historiae Romanae que la ambición de Craso no conocía límites, lo mismo que su hambre de gloria. Sea como sea estas críticas a Craso no deja de recordarnos las pulsiones similares de nuestras castas empresariales y financieras del siglo XXI. Grupos de poder que anteponen sus ambiciones mezquinas al bienestar general.
¿Quién sabe? Quizás el deseo de gloria de Craso le hiciera un poco mejor a estos banqueros y especuladores financieros de nuestra época.
Ciertamente el espantoso fin de Craso tuvo mucho que ver con su desmedida ambición. Su cabeza malhumorada acabó seccionada y convertida en trofeo para un rey parto.
La rebelión esclava y la campaña parta fueron las dos empresas militares más importantes de la carrera de Craso. Los peligros de la ambición por la ambición se hacen más reveladores cuando el éxito de la primera condujo directamente a la catástrofe de la segunda en su desesperada lucha para mantener el ritmo de la fama de Pompeyo y César, ya que su sed de gloria lo llevó hacia la Batalla de Carras.

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