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Espartaco y la Tercera Guerra Servil.Comandantes enfrentados.Marco Licinio Craso (VII)

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Cuando se le asignó la tarea de sofocar la revuelta esclava Marco Licinio Craso, (Marcus Licinius Crassus) ya atesoraba una importante experiencia militar, así que las funciones del mando no le eran desconocidas. Al igual que Pompeyo, el joven Craso se había unido a Lucio Cornelio Sila, (Lucius Cornelius Sulla Felix) durante su segunda marcha sobre Roma. Pero a  diferencia de Pompeyo, Craso tenía una enemistad personal con la facción de Mario. Su padre se había pasado a la oposición de Cayo Mario durante su séptimo consulado manchado de sangre. Acabó asesinado junto a su otro hijo Lucio, hermano mayor de Craso. Las propiedades de la familia fueron confiscadas. Sin embargo, en el momento de la rebelión Craso, se había convertido a sus cuarenta años en uno de los hombres más ricos de Roma, y supuestamente el propietario más importante de la capital.
Craso sentó las bases de su monstruosa fortuna en la época de terror impuesto por Lucio Cornelio Sila, la compra de bienes confiscados a los proscritos a precios bajísimos y su posterior reventa tuvo mucho que ver en ello. Se había hecho con una hinchada cantidad de propiedades amortizadas o quemadas producto de las luchas civiles por casi nada, y tras reconstruirlas con su personal fuerza de trabajo esclavo, la cual ya había sido formada profesionalmente en todo lo relativo a la construcción y mantenimiento de edificios, (Plutarco. Crassus 2.3-4) solo le quedaba acumular los beneficios. Sin embargo, Craso no deseaba esa abultadísima riqueza para tener una vida repleta de excesos y abotargamiento, si no para conseguir poder, y con este aumentar el prestigio de su familia nuclear y extensa y poner en práctica sus proyectos políticos. Dicho esto decir que Craso jamás fue un pobre de pedir, partió de una base mínimamente acolchada. Y sin embargo, como cualquier hombre de negocios astuto, hizo todo lo posible para aumentar su fortuna personal por todo tipo de inversiones y negocios, muchos de ellos turbios, (prostitución, el juego, malversación de fondos públicos, etc). Siempre fue un genial anfitrión, (pese a que el aspecto adusto de sus esculturas haga sospechar lo contrario) y un generoso dispensador de préstamos. Su dinero le permitió acumular una gran influencia. La mitad del Senado estaba en deuda con él, y una deuda contraída con Craso siempre venía acompañada con un pesado interés político.
Ha llegado hasta nuestros días que Craso se jactaba que podía costearse una legión entera, (Plinio. Historia Naturalis.33.134). El coste de una unidad de este tipo es fácilmente determinable. En el año 52 antes de Cristo el viejo rival de Craso; Pompeyo el Grande recibió del Estado 1.000 talentos para alimentar y mantener las necesidades varias de sus tropas, (Plutarco. Pompey. 55.7). Por aquel entonces las provincias bajo el control de Pompeyo eran Iberia y África. En dichas provincias habían estacionadas seis legiones, (ibid. 52.3 con Apiano Bellum civilia 2.24). Un talento equivalía a 6.000 dracmas griegos, esto es 6.000 denarios romanos o 24.000 sestercios. Así, seis legiones hubieran generado a las arcas romanas unos 6.000.0000 de denarios. El coste por unidad anual equivaldría a 4.000.000 de sestercios al año. Plinio afirmó que la fortuna de Craso estaría en torno a los 200.000.000 de sestercios. Si esto fue cierto el romano podía costearse una legión y todo un ejército.
Huyendo de los cazadores de recompensas a sueldo de los hombres de Cayo Mario, el joven Craso había dejado Roma y llegó a la Hispania Ulterior, donde el crédito cultivado anteriormente por su padre cuando fue procónsul resultó serle un activo inmensamente oportuno y beneficioso, a pesar de ser un fugitivo que había dado el inaudito paso de reclutar su propio ejército privado, (una fuerza de unos 2.500 clientes y dependientes). Con su pequeño ejército, tras muestrear y negociar a los líderes enemigos de Cayo Mario en Iberia  se puso a las órdenes Lucio Cornelio Sila y con él volvió a la península italiana.

Se destacó en la Batalla de Puerta Colina, (año 82 antes de Cristo). Las tropas samnitas, conducidos por Poncio Telesino atacaron al ejército de Sila sobre la muralla noreste de la Puerta Collina y tras una encarnizada batalla que duró toda la noche, Sila se alzó con la victoria finalizando de este modo con las ambiciones de los “socii” y con la Guerra Social y la Primera Guerra Civil de la República de Roma. En esta batalla, el joven Marco Licinio Craso ganó renombre gracias a la habilidad con la que combatió en una de las alas del ejército. Tras la victoria, todos los prisioneros fueron ejecutados cerca de la sede del Senado, con el fin de causar temor entre los senadores. Los cuerpos de los samnitas fueron arrojados al Tíber. Desgraciadamente su pecado dominante; la avaricia le hizo perder el favor del dictador poco después, cuando añadió a las listas de proscripción el nombre de un hombre cuya propiedad deseaba para sí. Lucio Cornelio Sila descubrió la jugada, y nunca confió más en Craso, (Plutarco. Crassus 6,6-7). Es posible que esta ruptura no fuera por una única razón, quizás ya hubo entre los dos hombres suspicacias y roces.
Ya cuando era fabulosamente rico, Marco Licinio Craso atesoraba una gran sed de gloria militar. Sin duda no deseaba ser recordado como un vulgar burgués. Él era un aristócrata y debía honrar a su familia y a sus antepasados. Esa era la mentalidad de un romano del siglo I antes de Cristo. Así que Craso no dudó en tomar el mando en la lucha contra Espartaco  cuando muchos otros senadores se mostraron reacios a hacerlo.
La razón por la cual aquellos prohombres rechazaron el honor de combatir al insurrecto fue triple. En primer lugar si la mala fortuna los posicionaba en el bando perdedor aquellos caballeros se verían sumidos en la vergüenza de ser derrotados por un “don nadie”, un esclavo.  Una derrota aniquiladora a manos de un ejército de esclavos habría hundido cualquier carrera política. La segunda razón es que la poca gloria que ganarían en derrotar a una masa de “chusma”, o al menos ese era el concepto que tenía la nobleza romana de Espartaco y los suyos no compensaban los riesgos. En tercer lugar el mero hecho de aceptar el trabajo ya implicaba una mancha en la dignidad cara a su casta, algo parecido a que un gran empresario de nuestra época se pusiese a regentar temporalmente un bazar.  
Es evidente que la percepción que tenía Craso del problema era bien distinta, como así sus oportunidades.

La primera medida de Craso fue aplicar una forma antigua y terrible de castigo con el objeto de enviar a sus hombres un mensaje claro; la “decimatio”. La “decimatio” fue uno de los máximos castigos aplicados en el ejército romano. La palabra proviene del concepto “diezmado de tropas”. El castigo consistía en aislar a la cohorte o cohortes seleccionadas de la legión amotinada y dividirla en grupos de 10 soldados. Dentro de cada grupo se echaba a suertes quién debía ser castigado, (independientemente de su rango dentro de la cohorte). El azar elegía a su víctima, la cual debía ser ejecutada por los 9 supervivientes restantes. La muerte venía de la mano de  la lapidación o por los incesantes golpes de vara. Los supervivientes, tras el castigo eran obligados a dormir fuera del campamento de su legión, hecho de gran peligro en época de guerra. Sobra decir que tamaña mancha sobre su dignidad individual y colectiva tardaba en borrarse. Supuestamente el castigo debía aleccionar a los soldados supervivientes y a las demás cohortes, pues la muerte llegaba aleatoriamente, a manos de los propios compañeros, sin tener en cuenta rangos ni méritos anteriores. Sin embargo, los más común es que la “decimatio” rompiera el espíritu de cuerpo y la unión entre compañeros de armas, (ejecutores por sorteo de sus propios hermanos de armas), minándose así la confianza en los comandantes de las legiones que ordenaban castigo tan cruel: el emperador bizantino Mauricio advertía contra los castigos arbitrarios en su obra sobre ciencia militar “Strategikon”, indicando que hacían más daño que beneficio a la moral de la tropa. Sea como sea para los romanos su práctica implicaba una medida muy excepcional que sólo se aplicaba en casos de extrema cobardía o amotinamiento. Craso seleccionó a 500 soldados que habían huido de la batalla en un combate contra Espartaco, y luego los dividió en 50 grupos de 10. Cada grupo de 10 tenía que seleccionar a una víctima por sorteo entre ellos. Luego los 9 restantes fueron ordenados ejecutar la sentencia del desafortunado, mientras que el resto del ejército miraba, (Plutarco. Crassus 10.2-3, Apiano. Bellum Civilia 1.118). Por lo tanto el castigo acabó con la vida de 50 legionarios. Lo cierto es que se volvió a imponer la disciplina militar. Lo más probable es que Craso supiese que la lucha contra Espartaco no iba a ser tarea fácil, la “decimatio” fue la forma de “poner las pilas” a sus hombres de forma instantánea y radical.
Al ser derrotados, muchos de los legionarios habían dejado abandonadas sus armas en la huida. Este equipo pasó a los rebeldes, así pudieron estos aumentar su número. Según parece Craso financió la fabricación de nuevo equipo.

Craso llegó a ser acusado de seducir a una virgen vestal, pero la investigación sacó a la luz que las visitas nocturnas al pequeño templo de Vesta habían sido más por asuntos de negocios que fruto de la pasión. Al parecer, la dama en cuestión, (Licinia era su nombre) era dueña de una residencia lujosa en las afueras de Roma y Craso quería comprarla a un precio ventajoso. Plutarco escribió acerca del asunto varias cosas:

Fue su avaricia lo que le impidió corromper a la sacerdotisa… No abandonó a Licinia hasta que se hizo con la propiedad

(Crassus. 1.2).

La proverbial avaricia de Craso está tratada con generosidad desde el mismo comienzo de la biografía de Plutarco. Incluso entre sus contemporáneos la riqueza de Craso era proverbial, así como su deseo de adquirirla a cualquier medio. Se consideraba que la riqueza legítima debía ser obtenida por herencia y ampliada por los beneficios agropecuarios y el botín de guerra. Naturalmente había otras formas de ganar dinero, como la minería, la usura, el arrendamiento de impuestos, y el comercio, pero éstas vías se dejaban para los “equites”, esto es, los romanos cuya fortuna les permitía vivir holgadamente pero que se hallaban por debajo del orden senatorial, así que no tenían acceso a los más altos cargos políticos. Pero Craso, esto es lo que nos ha llegado, acumuló riqueza aprovechándose de la desgracia de los demás, (algo que no era nuevo y que no ha cambiado con el paso de los siglos). Plutarco nos dejó por escrito que las muchas virtudes de Craso quedaban oscurecidas por su avaricia crónica. El historiador romano Velleius Paterculus afirma en su obra Historiae Romanae que la ambición de Craso no conocía límites, lo mismo que su hambre de gloria. Sea como sea estas críticas a Craso no deja de recordarnos las pulsiones similares de nuestras castas empresariales y financieras del siglo XXI. Grupos de poder que anteponen sus ambiciones mezquinas al bienestar general.
¿Quién sabe? Quizás el deseo de gloria de Craso le hiciera un poco mejor a estos banqueros y especuladores financieros de nuestra época.
Ciertamente el espantoso fin de Craso tuvo mucho que ver con su desmedida ambición. Su cabeza malhumorada acabó seccionada y convertida en trofeo para un rey parto.
La rebelión esclava y la campaña parta fueron las dos empresas militares más importantes de la carrera de Craso. Los peligros de la ambición por la ambición se hacen más reveladores cuando el éxito de la primera condujo directamente a la catástrofe de la segunda en su desesperada lucha para mantener el ritmo de la fama de Pompeyo y César, ya que su sed de gloria lo llevó hacia la Batalla de Carras.

Espartaco y la Tercera Guerra Servil.Comandantes enfrentados.Espartaco el Tracio (VI)

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No existe duda alguna sobre la pericia de Espartaco como jefe militar. A su talento natural hemos de añadir una valiosa experiencia vital. Pero sobre el hombre mismo, acerca de su personalidad, taras y debilidades no sabemos nada, puesto que al intentar vislumbrar tras la bruma histórica sólo alcanzamos a distinguir una sombra de bordes difusos, el oscuro espectro oscuro de un rebelde y, al menos para algunos, un héroe. Mucho se sabe acerca de sus logros gracias en no escasa medida a que Plutarco en su obra “Vida de Craso”, (personaje hacia el que sentía animadversión) nos dejó unas apasionadas palabras acerca del esclavo tracio. No escapa a los ojos de los historiadores que una forma de atacar al todopoderoso Craso era defender a su gran enemigo Espartaco. Tenemos pues una descripción más o menos extensa que sirve para mostrarnos a un nada favorecido Craso.
Las fuentes romanas no suelen proporcionar los nombres a la hora de referirse a los gladiadores durante al menos los primeros cien años de historia de los “munera. Luego, en el último tercio del siglo segundo antes de Cristo, el autor satírico Lucilio, tío abuelo de Pompeyo que había luchado en el cerco de Numancia, menciona a dos contendientes:


En la demostración pública propuesta por el Flacci un tal Aeserninus; un samnita de aspecto desagradable, digno de ese tipo de vida fue emparejado con Pacideianus, que fue de lejos el mejor de todos los gladiadores desde la creación del hombre.

(Lucilio fr. 150 Marx)


      El desarrollo de los nombres artísticos, muchos de ellos de naturaleza erótica o heroica llegó mucho más tarde de los acontecimientos de la III Guerra Esclava. Así que con la excepción de Espartaco y su entorno no conocemos a muchos gladiadores. Para nosotros no son más que una masa anónima.
El nombre Espartaco podría indicar que el tracio fue un descendiente de la dinastía de los Espartókidas, fundada por Espartokos, (o Espartakos). Un soberano tracio del Bósforo cimerio del siglo quinto antes de Cristo. También se conoce a un noble tracio llamado por Tucídides Esparadokos”. Pero en realidad, ¿quién era Espartaco?
Como ya hemos dicho poco se sabe de este notable personaje más allá de los acontecimientos de la rebelión, y los escasos datos que han sobrevivido son a menudo contradictorios. Según una de las fuentes Espartaco había pasado algunos años sirviendo como auxiliar en el ejército romano. Posteriormente, y por alguna razón se convirtió en un desertor, luego en un bandolero y tras ser capturado por los romanos en gladiador, (Floro. Epítome 3.20.8). Los romanos gustaban proclamar que sus enemigos más duros y hábiles eran los que ellos mismos habían instruido. César aseguró que el ejército de Espartaco fue creado "en cierta medida por el entrenamiento militar y la disciplina que habían adquirido de sus amos romanos”, (Bellum Gallicum 1.40.6). Sea cual sea la verdad el tracio atesoró un importante grado de experiencia militar antes de acabar en la escuela de gladiadores de Capua.
Varro, un antiguo erudito que sirvió como legado bajo el mando de Pompeyo durante la Guerra Sertoriana, (del 82 al 72 antes de Cristo) escribió sobre casi todo lo imaginable, incluyendo tratados de economía agropecuaria. En uno de sus trabajos nos dejó algunas referencias en torno a la figura del famoso esclavo rebelde:

A pesar de que era un hombre inocente, Espartaco fue condenado a ingresar en una escuela de gladiadores”.

(Citado en Flavius ​​Sosipater Charisius. Ars Grammatica 1.133 Keil).

Espartaco fue sin duda un hombre nacido libre en tierras de Tracia, como corroboró Plutarco, (Craso 8.2) y Apiano, (Bellum Civilia 1.116). El historiador de mediados del siglo pasado Konrad Ziegler se hizo eco en base a los clásicos de la posibilidad de que Espartaco fuese un prisionero de guerra capturado a la tribu tracia “Maedi”, natural del valle del Estrimón central, (suroeste de Bulgaria). Según esta afirmación fue adquirido durante las campañas romanas del 85 o el 76 antes de Cristo, (Diodoro 3 9.8.1 y Apiano. Mithridatica 55).
Las tribus tracias probablemente suministraron auxiliares a las fuerzas romanas que operaron en Macedonia, y es que las autoridades romanas montaron una serie de campañas punitivas contra las tribus locales hostiles en los años setenta del siglo I antes de Cristo.
Para hacer frente a la creciente amenaza del rey del Ponto, Mitrídates VI Eupator Dionysius desde la Bitinia, (frontera oriental de Tracia) los romanos comenzaron a presionar hacia tierras tracias. Quizás estos acontecimientos tuvieran algo que ver en la decisión de Espartaco de abandonar unilateralmente el Ejército Romano y luchar contra ellos en un intento por detener la expansión del poder de Roma en su tierra natal.
Por supuesto no es cierto que los esclavos rebeldes fueran un grupo homogéneo bajo la exclusiva dirección de Espartaco, es más, es bastante difícil de creer que este fue el caso. Por otra parte, si bien este es el hecho que se infiere de las fuentes antiguas, también lo oímos de referencias por medio de otros líderes rebeldes: Crixus, Oenomaus Castus y Gannicus. Plutarco no introduce a Espartaco en su narración hasta la ocupación del Monte Vesubio, lugar en donde los gladiadores eligieron tres líderes, Espartaco fue uno de ellos, y de hecho está considerado el primero entre iguales. Los otros dos fueron Crixus y Oenomaus, que según Orosio (5.24.1) eran galos, (el Aenomao de raza negra de la serie estadounidense Espartaco no hubiera pasado por galo). Según Floro todos ellos acompañaron a Espartaco desde el mismo “ludus” de Capua, (Epitome. 3.20.3). Mientras que Apiano está de acuerdo en que todos ellos eran gladiadores, y los muestra en calidad de subordinados de Espartaco, (Bellum Civilia. 1.116). Por otro lado Tito Livio sugiere que Crixo y Espartaco fueron líderes que compartieron el mando, sin embargo a Oenomaus no se le menciona aquí, (Periochae. 95). Orosio pone su granito de arena en estas contradictorias afirmaciones al sugerir que los tres cabecillas eran más o menos iguales en rango cuando la ocupación del monte Vesubio, (5.24.1).
         Sin embargo, parece que fue Espartaco el que estimuló la revuelta, el que destacó por su carisma e inteligencia superior, de hecho sus habilidades en el liderazgo están fuera de toda duda. Si el tracio hubiera sido un mero gladiador… sin el apoyo de una nación, sin tropas organizadas bajo su mando, sin arsenales jamás hubiera llegado a donde llegó. A partir de muy poco Espartaco organizó, equipó, entrenó y alimentó a un ejército, y lo más importante, lo aglutinó en torno a su persona.
Sí, algo especial tenía que ser aquel hombre.
Por medio de aquel conflicto armado pudo manifestar sus innatas y adquiridas habilidades marciales, administrativas e incluso políticas. Deberíamos realizar el ejercicio mental de  compararlo con el típico comandante romano que ocupaba su cargo militar más en función de su escala social que por sus cualidades profesionales, oficiales que tenían que adaptarse a la tradición del Ejército Romano y las características intrínsecas de la legión romana; unidades profesionales, sí, pero también por ello un tanto predecibles.
Apiano, un autor menos favorable a Espartaco que Plutarco nos da dos datos muy interesantes respecto al tracio. En primer lugar Espartaco fue equitativo a la hora de repartir el botín entre los suyos. Esto atrajo más seguidores a su campo, efecto que es más que probable que conociera. En segundo lugar Espartaco prohibió a los comerciantes traer consigo oro y plata, ni objetos preciosos, eterno objeto de disputas y envidias. Así que no existió en las actividades comerciales de su microcosmos metales preciosos. Lo que sí hizo fue promover el comercio del hierro y el cobre. Como resultado de estas decisiones siempre estuvo bien surtido de lo necesario para reparar armas y armaduras, y se ahorró más de una inconveniente disensión.

Espartaco y la Tercera Guerra Servil.Gladiadores. Hombres de armas (V)

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Cuando Perugia capituló ante Octavio y los supervivientes fueron capturados, supuestamente se apresaron a nada más, y nada menos que 300 senadores y “equites” opositores y, en palabras de Suetonio:

"Los ofreció en los idus de marzo, en el altar del “Divus Iulius”, (Divino Julio) como sacrificios humanos”.

(Divus Augustus 15.1).

No mucho después, Octavio pasó a llamarse Augusto, Virgilio aseguró que el conocido emperador romano tuvo como glorioso antepasado al mítico y piadoso Eneas, que a su vez según parece ofreció igualmente sacrificios humanos en el funeral del joven príncipe Palas:

Entonces llegaron los cautivos, cuyas manos se había atado a la espalda para enviarlos como ofrendas a las sombras de los muertos y espolvorear la pira funeraria con la sangre de su sacrificio”.

(Virgilio, Eneida 11,81-84 West).

Históricamente fueron los etruscos, un pueblo regulado por una religión altamente ritualizada, quienes hicieron suya la costumbre pagana de sacrificar a los prisioneros de guerra a las “sombras” de sus propios guerreros caídos. Tito Livio dejó por escrito que en el 358 a.d.C se sacrificaron a 307 soldados romanos prisioneros en calidad de sacrificio humano en el foro de la ciudad etrusca de Tarquinii, (Tarquinia). Como acto de represalia Roma envió tres años después al Foro de la capital a 358 cautivos elegidos de entre las familias más nobles de Tarquinia. Tras azotarlos públicamente los prisioneros fueron decapitados (7.15.10, 19.2-3). Los tarquinienses pudieron haber sido asesinados con una función religiosa, pero al parecer este acto fue pura represalia. Una forma  de mensaje para el mundo.
Es muy probable que los gladiadores tuvieran su origen en aquellos holocaustos etruscos en honor de los muertos. A estos tempranos combatientes se los conocía en ocasiones como “bustuarii”, (hombres de funeral).  El cristiano africano Tertuliano, escribió alrededor del año 200 a.d.C describiendo los combates del anfiteatro como los más famosos, el espectáculo más popular de todos:

Los antiguos entendían que este tipo de espectáculos prestaban un servicio a los muertos. En la antigüedad se creía que las almas de los muertos se beneficiaban con la sangre humana, así que durante los rituales funerales se sacrificaron cautivos o esclavos poco productivos. Con el paso del tiempo este ritual fue ganando puntos como cruel espectáculo. Los que estaban destinados a morir en honor de los difuntos fueron instruidos en el arte del combate para así, el día señalado dieran un espectáculo más digno a los difuntos y a los vivos. Así encontraron los antiguos consuelo en la muerte”.

(Tertuliano, De spectaculis 12).


Un cierto número de frescos de tumbas y cerámicas pintadas del siglo cuarto antes de Cristo representan combates individuales de hombres convenientemente armados. Las fuentes literarias hacen referencia a combates en banquetes funerarios en tierras campanas, (por ejemplo, Estrabón 5.4.13, Ateneo 4.153f-154a). En estos combates los voluntarios de la élite campana luchaban entre sí por una serie de premios sólo hasta la primera sangre, por lo que no eran muy comunes los cadáveres. Los romanos se familiarizaron con los combates de gladiadores campanos a finales del siglo IV a.d.C.

Cualesquiera que fueran sus auténticos orígenes, la primera pelea de gladiadores tuvo lugar en Roma en el 264 antes de Cristo, año en que comenzó la primera guerra con Cartago. En el funeral de Decimus Iunius Brutus Scaeva sus dos hijos, Marco y Décimo Bruto, por primera vez exhibieron en el mercado llamado Foro Boario, tres peleas simultáneas de gladiadores. Puede haber sido un modesto intento para los estándares posteriores, pero al parecer fue un auténtico éxito, pues gran parte de la ciudad acudió a ver el espectáculo.
Las siguientes estadísticas muestran la rapidez con la idea tuvo éxito:

Fecha
Cantidad
Fuente
264 antes de Cristo
3 pares de gladiadores
Valerio Maximo 2.4.7
216 antes de Cristo
22 pares de gladiadores
Tito Livio 23.30.15
200 antes de Cristo
25 pares de gladiadores
Tito Livio 31.50.4
183 antes de Cristo
60 pares de gladiadores
Tito Livio 39.46.2
174 antes de Cristo
74 pares de gladiadores
Tito Livio 41.28.11

Todo comenzó como un acontecimiento excepcional. Ocasionalmente una familia aristocrática seleccionaba de entre los esclavos personales del fallecido a algunos de sus esclavos, y tras equiparlos improvisadamente combatían durante el funeral. Al tiempo todo eso cambió, la práctica fue ganando en sofisticación y ganando en profesionalidad, y claro, en público.
Inicialmente los duelos de gladiadores tuvieron lugar en cualquier espacio público del que dispusiese la ciudad del momento. No obstante durante la etapa Imperial los anfiteatros fueron los exclusivos espacios para los juegos, (“ludi”). El primer anfiteatro permanente no se edificó en Roma, sino en Pompeya en el año 70 antes de Cristo.  Esta notable estructura tenía un aforo de 20.000 plazas. Tras el anfiteatro domina la silueta del volcán Vesubio.
En el año 105 antes de Cristo, por vez primera los dos cónsules del año organizaron oficialmente un espectáculo de gladiadores. De hecho, uno de ellos, Publio Rutilio Rufo dio inicio a la práctica de emplear a entrenadores de gladiadores para instruir a los nuevos reclutas del ejército, (Valerio Maximo 2.3.2). Pronto se convirtió en costumbre los espectáculos de gladiadores, ya no sólo por los generales victoriosos, como una exaltación extra de sus triunfos, sino también para los “funcionarios” de todos los rangos. Obviamente tales espectáculos, aunque no en exclusiva, son herramientas políticos utilizadas por los aristócratas romanos para ganar apoyo popular. Por ejemplo, losfuncionarios” conocidos como ediles, trataron de atraer popularidad, organizando los “ludi honorarii, juegos vinculados y complementarios a actuaciones teatrales y circenses.

Sirva como ejemplo la iniciativa de un joven edil del año 65 antes de Cristo llamado Cayo Julio Cesar, que en la memoria de su difunto padre organizó un magnífico espectáculo de gladiadores. Sin embargo, en aquella fecha aún estaba fresca en la memoria colectiva romana la rebelión de Espartaco, así que los suspicaces senadores al conocer que la intención del ambicioso noble era reunir una numerosa tropa de combatientes, sacaron a la luz un proyecto de ley en el Senado que tras su aprobación limitó el número de gladiadores que los amos podían mantener en la ciudad de Roma. En consecuencia muchas menos parejas de lo planeado originalmente combatieron. César impertérrito supo que hacer para que el pueblo opinase que fue el Senado el que aguó  parcialmente la fiesta ya preparada. Aun así su disminuida tropa de gladiadores ascendía a 320 parejas, y cada cual estaba equipado con una armadura especial hecha de plata maciza… según Suetonio, claro (Suetonio. Divus lulius 10.2 ).
Fue a partir de las sucesivas oleadas de prisioneros de guerra que fueron instruidos como gladiadores cuando la profesión heredó sus bizarros equipos. Sobra decir que éstos era uno de los atractivos principales para el público.
Durante las brutales guerras de expansión del siglo II y I antes de Cristo Roma eliminó la mayoría de sus más serias amenazas inmediatas. Existió una extensa lista de combatientes extranjeros que sufrieron el destino de la esclavitud merced a la captura durante las operaciones militares. Se trataba de guerreros tribales, o soldados entrenados que pudieron destinarse a la arena con relativamente poca preparación. Se les permitió combatir con sus armas y sus tácticas nativas. Es cierto que muchos de aquellos hombres simplemente fueron  unos pobres cautivos conducidos a sus fin acompañado por los aullidos de la embrutecida chusma, pero eso no quita verdad al hecho de que una cantidad nada desdeñable de profesionales de la guerra fuera formando un estilo profesional particular a los “ludi”, especialmente cuando las luchas se hicieron más duras. Estos guerreros entrenados fueron primero italianos, sólo recordemos a los duros guerreros samnitas de pesadas y elaboradas armaduras de la Italia central. Poco después de eliminado el Samnio fueron apareciendo los guerreros galos, y al fin, durante la década de los setenta del siglo I antes de Cristo comenzaron a fluir lo tracios.

Una de las primeras referencias a la “rudis”, la tenemos en las filípicas de Cicerón. Este nombre latino lo recibía el arma ceremonial de madera que recibían los gladiadores al obtener su libertad. Equivalía a un gran honor, pues los cierto es que pocos sobrevivían a más de diez combates. Representaba el acceso a la ciudadanía romana, y si bien les permitía no tener que combatir, era común que siguieran haciéndolo rodeados ya de grandes honores. Podía ser también entregada por uno o varios discípulos como pago a las enseñanzas de un maestro, quien adquiría así su libertad y siendo el honor todavía mayor.
Floro criticó en su obra que una de las razones principales por las que la rebelión esclava tuvo lugar fue la excesiva cantidad de gladiadores perfectamente entrenados que había en la península italiana.
No fue sino hasta los primeros años del Principado cuando comenzó a surgir las muchas categorías de gladiadores a los que los aficionados al tema están familiarizados, a saber, gladiadores que se distinguían por el tipo de armas que llevaban, (ofensivas y defensivas) y su estilo de lucha. Así, cuando Espartaco fue gladiador, los “munera estaban todavía en proceso de convertirse en una forma prolífica de entretenimiento militar hiperespecializado. Los elaborados protocolos de entrenamiento combate de los “ludi” aún no habían cuajado.